1 de octubre de 2021

Murakami y el Jazz #12

Retomando nuestra búsqueda de los discos de jazz cuya música integra Haruki Murakami en su obra literaria, iniciamos la parte final de la serie enfocándonos en sus libros de cuentos que, hasta la fecha son cinco.
El primero de ellos es "El elefante desaparece", un volumen que contiene 17 relatos escritos entre 1980 y 1991. La editorial encargada de su traducción al español lo presenta como "una maravillosa muestra del talento narrativo de Murakami que nos abre las puertas a otras realidades y nos lleva de la mano a mundos fantásticos", y resume su contenido de la siguiente manera: "Un hombre que se obsesiona con la insólita y misteriosa desaparición del elefante de un zoo, un abogado en paro que recibe el encargo de su mujer de encontrar a su gato, una pareja de recién casados que deciden atracar un MacDonald’s en plena noche, una curiosa digresión sobre los canguros, un enano diabólico que baila, un joven empeñado en burlarse de su futuro cuñado, un pirómano confeso... Los protagonistas de todos los relatos que componen este volumen esperan algo. Un accidente, un hecho azaroso. Al contrario que esta obra, donde nada, absolutamente nada, queda al azar. Alternando páginas inquietantes e hilarantes, El elefante desaparece es una prueba más de la capacidad de Murakami para cruzar la frontera entre lo cotidiano más realista y lo fantástico, transformando así la trivialidad de nuestras vidas".

El único cuento que remite a un disco específico es "Quemar graneros", un relato claramente inspirado en el famoso "Incendiar establos" de William Faulkner. En este cuento, un hombre de treinta y un años —quien cuenta la historia— conoce a una sencilla y sensible chica de veinte que trabaja como modelo publicitaria, aunque su vocación es aprender las destrezas de la mímica.  Nos enteramos de que se conocen en la boda de un amigo en común y que se hacen íntimos. Gracias a una herencia recibida tras la muerte de su padre, la chica viaja al norte de África y cuando regresa lo hace acompañada de un novio que tiene una extraña pasión: quemar graneros. Nuestro relator se entera de ello una tarde de domingo, cuando la pareja lo visita en su casa. 
Y allí aparece la escena que revela la música de nuestra búsqueda:

Llegaron pasadas las dos. Oí el ruido de un coche deportivo acercándose a la casa. Salí a la entrada y aquel vehículo plateado que ya conocía se encontraba allí delante. Ella sacó la cabeza por la ventanilla y agitó la mano. Los seguí con la mirada hasta que aparcaron en la parte de atrás del jardín.

—Ya estamos aquí —dijo sonriente.

Llevaba una camisa tan fina que casi se le transparentaban los pezones, y una falda corta de color verde oliva. Él vestía una chaqueta sport azul marino. Daba una impresión muy distinta respecto a la última vez que le había visto debido a una barba descuidada de no menos de dos días. No obstante, su aspecto general era correcto. Tan solo se apreciaba en él una sombra algo más densa de lo normal. Nada más salir del coche se quitó las gafas de sol y se las guardó en el bolsillo.

—Siento aparecer así de improviso en su día de descanso —se excusó.

—No pasa nada. Para mí, casi todos los días son de descanso. Además, me aburría de estar solo.

—Hemos traído algo de comer.

Sacó una bolsa grande de papel blanco del asiento trasero.

—¿Comida?

—Poca cosa —aclaró él—, pero es domingo y me pareció adecuado.

—Se lo agradezco. No he comido más que manzanas en todo el día.
Entramos en casa y dejamos la comida en la mesa. Había un surtido considerable: sándwiches de rosbif, ensalada, salmón ahumado y helado de arándanos. No estaba mal, la verdad. Ella lo sirvió todo en platos y yo saqué una botella de vino blanco de la nevera. Parecía una fiesta.

—Vamos a comer. Me muero de hambre.

Estaba muerta de hambre, como de costumbre.

Comimos los sándwiches, la ensalada y picamos salmón ahumado. Cuando se terminó el vino, saqué unas cervezas. En la nevera siempre había cerveza. Un amigo tiene una empresa pequeña y me proporciona vales de descuento.

Por mucho que bebiera, la expresión de la cara de él no cambiaba. Yo también aguanto bien la cerveza. Ella bebió a su vez y, en menos de una hora, había una considerable cantidad de latas vacías encima de la mesa. Era una visión sorprendente. Se levantó de la mesa, eligió unos cuantos discos de la estantería y puso uno en el reproductor. Airegin, de Miles Davis, fue su primera elección. 

—Un Garrard de cambio automático —dijo él—. Qué cosa tan poco habitual en estos tiempos.

Le expliqué que era un maniático de los reproductores automáticos y que encontrar un Garrard en buen estado había significado todo un triunfo. Escuchaba mis explicaciones sin dejar de asentir con la cabeza.

 Miles Davis
Cookin' With The Miles Davis Quintet


1 - My Funny Valentine
2 - Blues By Five
3 - Airegin
4 - Tune Up / When Lights Are Low

Miles Davis (trompeta), John Coltrane (saxo tenor), Red Garland (piano), Paul Chambers (contrabajo), Philly Joe Jones (batería).
Grabado en Van Gelder Studio, Hackensack, Nueva Jersey, el 26 de octubre de 1956.

2 comentarios: